La Memoria y El Pasado.

11 marzo 2010

La evanescencia asociada a la lectura del libro electrónico, donde toda página anula y entierra a la precedente. La Ley de la Memoria Histórica del Gobierno, encierro de la memoria en el cajón del pasado como el que enjaula arte en los museos. El implacable peso de la flecha del tiempo; inculcado desprecio hacia nosotros mismos. Obviar lo obvio: la convivencia, al mismo tiempo, de pasado presente y futuro; la voluntad y el deseo. Otra memoria es posible.

L.M.

L.M. estaba leyendo. Leía para combatir el vértigo; el vértigo de la perdida y el miedo a la amnesia. Leía y le daba la impresión de que, para orientarse en el texto, no bastaba con prohibir los nombres de las novias del terror en los espacios públicos. Era necesario, pero no bastaba. No bastaba con la simplicidad ilusoria de las páginas numeradas, el índice y los capítulos. Blanco sobre negro. Las notas a pie de página y los someros hipervínculos.

L.M. leía y estaba hasta el moño de que en todas las páginas señaladas, reuniones familiares de por medio, se acabara discutiendo: el abuelo contra el padre y la tía y la tía y el padre contra el abuelo; y el franquismo presidiendo. Yo me limitaba a escuchar, a escuchar a mi amiga mientras me imaginaba a mi abuelo colgándole, tras la contienda, del cuello, una cadena. Perpetua como el olvido.

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Yo acuso (Abel Gance)

"Dedico esta película a los muertos de la guerra de mañana que sin duda la miraran con escepticismo sin reconocer sus caras", Abel Gance (1937).

E.P.

E.P. son las letras que se evaporan, que se difuminan por momentos, y  en cuyas arrugas de la frente mi amiga intentaba leer; pues se trata de su abuelo. En sus gestos leía la irracional respuesta a una memoria a la contra; un libro que se cierra, un texto perdido. Historia que no se abre al futuro. Y eso la consume.

E.P. se enerva ,y a medida que coge contraste, más se difumina el texto. Mientras, mientras yo oigo las palabras de mi abuela relatando que mi abuelo salió de la cárcel pesando 42 kilos, mi amiga desespera. Desespera por el precio a pagar por una memoria cerrada y lucrativa que permite a dos señores calcados, políticos, declararse herederos de unos u otros. Es el precio de no poder cenar tranquilos en la noche de su ochenta y pico aniversario; de no poder extender las manos. Lo mucho que queda por leer pesa, se lamenta. Y yo, escuchando, me doy cuenta de que mi abuelo se salvó de la perpetua porque alguien del pueblo, muy de derechas, testificó luego. Lejos de ser la excepción, en mi cabeza retumba, de nuevo, con la voz de mi abuela, el a mi Vicente ni tocarlo del alcalde de derechas del pueblo vecino. Vicente fue mi bisabuelo. Y viéndolo claro veo que, a partir de ahora, me resultará difícil hablar de 42 kilos obviando al muy de derechas que salvó a mi abuelo.

Leyendo, a su turno, L.M. se da cuenta que no hay que trabajarse el texto en pro de una literatura, que es ésta la que de textos se nutre. Que no hay texto “pequeño” que deje indemne a la literatura que transita. Así, redescubriéndose, las revelaciones del texto siguen siempre caminos improbables. Y hoy, como ayer y mañana, tu abuelo salvó a mi abuelo.

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L.M. y E.P. (La Memoria y El Pasado)

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Una respuesta to “La Memoria y El Pasado.”

  1. Misionaria Protectiva Says:

    Precioso texto. Además, muy valiente.

    Mi abuelo salió de la cárcel con la condena a muerte conmutada por los avales del cura de su pueblo y de dos señoritos que lo apreciaban sinceramente.


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